jueves, 29 de agosto de 2013

Testimonio Rosa Mistica


María Rosa Mistica (lista de reproducción)


MARÍA ✿ ROSA MÍSTICA


CUANTAS VECES SIENDO NIÑO TE RECE'


Mística Rosa - Gladys Garcete - volvoreta40


En nuestras manos

En nuestras manos


Nos impresiona pensar que alguien depende de nosotros, que su vida está en nuestras manos. Un niño pequeño, un anciano en situación de invalidez, un enfermo mental, nos necesitan, nos piden que estemos a su lado para ofrecer cariño, ayuda, comprensión.

Nos impresiona todavía más pensar que Dios pueda estar en nuestras manos. Lo estuvo en el seno de una joven nazarena, María. Lo estuvo en Belén, cuando pasaba de los brazos de la Virgen a los brazos de José. Lo estuvo en Egipto, cuando una familia extraña, venida de tierras palestinas, pidió algo de hospitalidad y de ayuda, y otra familia, seguramente hebrea, les acogió, y tuvo, bajo su techo, al Dios pequeño, al Dios niño que todos llamaban, simplemente, Jesús. Lo estuvo en Nazaret, cuando jugaba y trabajaba, como un niño cualquiera, bajo la mirada vigilante de José y de quienes velaban para que no se acercase demasiado al pequeño barranco sobre el que se levanta la parte alta de la aldea.

Dios estuvo en nuestras manos cuando las multitudes tocaban y apretaban a Cristo, cuando le seguían, le amaban o le odiaban. Cuando cogieron piedras para matarlo o cuando lo recibieron en triunfo al entrar en Jerusalén un hermoso día de primavera que hoy llamamos “domingo de Ramos”.

Dios estuvo en nuestras manos un Viernes Santo. Miembros del Sanedrín, siervos, soldados y gobernantes, tocaron, escupieron, abofetearon, azotaron a un Jesús indefenso, pobre; un inocente que no gritaba, que no protestaba ante una condena injusta, despiadada. Tendió sus brazos sobre un tronco, tal vez de encina, y unas manos le taladraron, con prisa, porque otros asuntos “importantes” esperaban a los verdugos.

Al final, las manos de la Virgen acogieron el cuerpo, ahora muerto, de Jesús. Algunas mujeres buenas lo embalsamaron y, con otros amigos, le dieron sepultura. Su homenaje póstumo fue un gesto de amor a quien estuvo unos años entre nosotros, “en nuestras manos”.

Dios sigue en nuestras manos después de 2000 años. Lo podemos tocar en el enfermo, en el preso, en el hambriento y el sediento (“a mí me lo hicisteis”, Mt 25, 34-46). Lo podemos acoger cuando recibimos, en nuestra casa, al sacerdote, al misionero, que nos vienen a anunciar el Evangelio (Lc 10, 16). Lo podemos amar cuando, de verdad, perdonamos y queremos a cada hombre, incluso al enemigo, porque el Padre hace llover sobre todos, nos perdona y nos espera, también cuando hemos pecado, también cuando hemos sido malos (Mt 5, 44-48).

En nuestras manos... Lo más seguro es que algún día descubramos que el Dios que estuvo en nuestras manos era el Dios que nos llevaba, como a un niño en su regazo, por las mil aventuras de la vida (Ex 19, 4).

Al cruzar la frontera, cuando por fin veamos a Dios cara a cara, sin misterios, nuestra alegría será despertarnos, entre sus brazos maternos, mientras nos susurre al corazón: "gracias por haberme amado en cada hombre y mujer que caminó a tu lado. Gracias por haber saciado mi sed de amor y de esperanza. Ven y entra al banquete del Reino. Aquí estarás, para siempre, entre mis manos..."


Autor: P. Fernando Pascual

Tiempo para Dios


Tiempo para Dios


En nuestra vida tenemos muy bien programadas nuestras horas, nuestras semanas. Tiempo para trabajar, tiempo para el ejercicio, tiempo para tomar alimentos, de preferencia los que más nos gustan, tiempo para descansar o divertirnos, pero... ¿y el tiempo para Dios?.

No encontramos tiempo para Dios, para orar. Teniendo comunicación con Él que es quién precisamente nos da ese tiempo que repartimos en nuestro muy personal plan de vida.

Y llega el domingo... Si estamos en un lugar de descanso, de monte o de playa ¡qué difícil es programarnos para ir a misa! Si nos hemos quedado en la ciudad, ¡con qué mezquindad le damos a Dios la media hora de misa de los domingos!

Para ir al cine , al teatro o a un evento deportivo nos ponemos diligentes y contentos. Queremos llegar y llegamos antes de que empiece la función, buscamos el mejor lugar para poder ver y oír lo mejor posible, ¡no nos queremos perder ni un solo detalle!. Pero la misa, y eso que la entrada es gratis, no importa llegar cuando ya está empezada la ceremonia y no nos interesa ver o no ver lo que el celebrante hace o dice en el altar y nos quedamos en la entrada para que en el momento de que nos den la bendición nos podamos ir rápidamente, como el que termina un cometido fastidioso y poco grato.

Sabemos que la misa es el sacrificio incruento en que bajo las especies de pan y vino convertidas en el Cuerpo y Sangre de Jesucristo ofrece el sacerdote al Eterno Padre. La misa es el acto esencial del culto católico por ser el milagro del misterio Pascual del Hijo de Dios. Como acto de culto a nuestro Creador es la adoración a la Divina Majestad, la acción de gracias por los beneficios recibidos, la reparación de nuestros pecados y de toda la humanidad, para oír su palabra y la petición de la mediación de Cristo

Por todos nosotros. Es poder estar en la Cena del Señor la noche del Jueves Santo en el espacio y en el tiempo. Es poder llegar con nuestro corazón hasta Dios y si lo recibimos, es alimentarnos de El y pedir que nos acompañe en el camino que estamos recorriendo aquí hasta el final de nuestros días.

Tarde o temprano ese día llegará y no queremos presentarnos a El con la frase tan conocida de "las manos vacías" sino con algo mucho peor: con el corazón vacío de amor.

No le hemos querido, no le hemos amado como El nos amó hasta dar la vida por nuestra salvación eterna. Vamos viviendo indiferentes a ese gran amor y no sabemos corresponder. Cuando estemos en su presencia ¡qué ansias de volver a empezar, qué ganas de tener todo el tiempo del mundo como ahora, otra vez, toda una vida para amarlo!.

Pensaremos, aunque ya demasiado tarde, en cómo desperdiciamos los minutos, las horas, los años en pequeñeces, en minucias que nos absorbieron, que nos quitaron todo nuestro tiempo para al pasar por una Iglesia entrar, dejando todos la preocupaciones afuera, y frente al Sagrario decirle a Cristo simplemente: -"Te amo y aquí estoy".

Pasamos la vida corriendo tras las cosas vanas y perecederas mientras que apenas tenemos unas migajas de oración para Dios y con la media hora escasa de los domingos en la Iglesia tenemos la conciencia tranquila porque ya cumplimos. ....

Cambiemos radicalmente la forma de vivir nuestra religión.

Seamos radicales en este cambio. Desechemos la tibieza, el espíritu tacaño para todo lo concerniente a las cosas de Dios y amémosle con generosidad, empezando por cumplir con el primer Mandamiento que es: Amar a Dios sobre todas las cosas.

¡Qué se nos note que lo amamos, para que en los ojos de Cristo encontremos, un día, el reconocimiento del encuentro con el amigo, al llegar a su presencia!.






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