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viernes, 24 de enero de 2014
La carcoma de la envidia
ESTRACTO DE LA HOMILÍA DEL PAPA
En su homilía de casa Santa Marta, el Papa explicó las consecuencias de la envidia y de los celos. Dijo que abren la puerta a todas las cosas malas porque son "armas del demonio”.
FRANCISCO
"La persona celosa es una persona amargada: no sabe cantar, no sabe alabar, no sabe qué es la alegría y siempre está pendiente de "qué tienen los demás que no tengo yo”. Esto conduce a la amargura, una amargura que se extiende en toda la comunidad. Son sembradores de amargura. Y la segunda consecuencia que producen los celos y la envidia son los chismes”.
Francisco añadió que cuando hay envidia y celos la relación entre los cristianos se destruye tal y como sucedió cuando Caín mató a su hermano Abel.
ESTRACTO DE LA HOMILÍA DEL PAPA:
(Fuente, Radio Vaticana)
"Así funcionan los celos en nuestros corazones, observa el Papa, es una inquietud mala, que no tolera que un hermano o una hermana tenga cualquier cosa que yo no tengo”. Saúl, "en vez de alabar a Dios, como hacían las mujeres de Israel, por esta victoria, prefiere encerrarse en sí mismo, amargarse” y "cocinar sus sentimientos en el caldo de la amargura”.
"La envidia lleva a asesinar. La envidia lleva al asesinato. Ha sido esta puerta, al puerta de la envidia, por la que el diablo ha entrado en el mundo. La Biblia dice: ‘Por la envidia del diablo entro en el mal en el mundo’. La envidia y los celos abren las puertas a todas las cosas malas. También divide la comunidad. Una comunidad cristiana, cuando sufre, algunos de sus miembros, de envidia, de celos, termina dividida: unos contra los otros. Es un veneno fuerte este. Es un veneno que encontramos en la primera página de la Biblia con Caín”.
"Hoy, en esta Misa, recemos por nuestras comunidades cristianas, para que esta semilla de la envidia no sea sembrada entre nosotros, para que la envidia no ocupe un lugar en nuestro corazón, en el corazón de nuestras comunidades y así podamos seguir adelante en la alabanza al Señor, alabando al Señor, con la alegría. Es una gracia grande, la gracia de no caer en la tristeza, en el resentimiento, en los celos y la envidia”.
AC
CTV
GdP
-BN
Up:JRB
#Papa
viernes, 27 de diciembre de 2013
El buen humor
Porque hoy vamos a hablar precisamente del humor, y, si yo estoy de buenas, a todos ustedes los voy a dejar contentos. Si estoy de malas, les voy a fastidiar.
Si los del mal humor son ustedes, la voy a pagar yo, y las reclamaciones me van a venir a mí. Si ustedes están alegres, me van a alegrar también a mí, ¡y van a ver qué bien que la pasamos todos!...
Al empezar de esta manera, ya nos hemos entendido sobre el papel que juega en nuestra vida el humor, bueno o malo.
¿Estamos de buen humor? Somos felices y hacemos feliz la vida de todos.
¿Estamos de mal humor? Nos amargamos nosotros mismos la existencia, se la echamos a perder a los demás, y resulta casi un imposible vivir el primer mandamiento cristiano del amor.
El estar siempre alegres es una fuente de dicha para todos, y la falta de alegría se convierte en una desventura grande.
Por algo la Biblia nos da consejos sobre el buen humor y el mal humor.
Del buen humor nos dice que, si tenemos un hablar dulce y amable, nacido de un corazón sencillo, nos ganaremos la amistad de todos, hasta la de un rey o un presidente...
Y nos previene sobre el mal humor: ¡Cuidado! No trabes amistad ni compartas con el hombre de mal genio, porque pararás en la ruina.
Los grandes maestros de la vida espiritual nos dicen lo mismo, como un Francisco de Sales, que nos asegura con gravedad:
Fuera del pecado, no busques peor mal que la inquietud o mal humor.
El buen humor es uno de los grandes secretos para triunfar en la vida.
Aquel alto jefe de una gran empresa tuvo éxito de verdad. Pero nunca se enteró de que se lo debía todo a la simpática y aguda recepcionista, la cual tenía sobre la mesa de entrada una tablilla, muy bien diseñada por ella misma --y que nunca vio el jefe temido-- con estos cuatro prudentes avisos:
Jefe enojado. Usted verá.
Jefe serio. Sépalo.
Jefe muy ocupado. Cuídese.
Jefe alegre. Aproveche.
A cualquier visitante le señalaba la muchacha con el dedo el tiempo del día. Todos se ponían alerta, a todos les iba bien con el iracundo jefe, al que también le iba bien con sus avisados clientes...
Si de las cosas de esta vida pasamos a las cosas divinas, podemos constatar que el buen humor es una ayuda excelente para el progreso espiritual.
Ante todo, el buen humor hace que la persona se sienta feliz, y con la felicidad del corazón se hace muy fácil el cumplimiento de cualquier deber.
La persona alegre no encuentra dificultades en la observancia de los mandamientos de Dios. Por otra parte, esparce siempre el bien, pues, como todos están felices a su alrededor, en ella encuentran alegría, confianza, estímulo y fuerza para superar las dificultades.
Por el bien que se hace a sí misma, lo mismo que por el bien que hace a los demás, esa persona tiene en su mano uno de los medios más poderosos para avanzar en la vida de Dios que lleva dentro.
Al pronunciar esta expresión --la vida de Dios que lleva dentro-- ya se ve que el buen humor y la alegría arrancan siempre de una conciencia en paz.
No podemos pedirnos milagros a nosotros mismos si el corazón está turbado.
Nadie puede pretender que su cara brille como un sol si el firmamento aparece cubierto de nubes.
Ninguno podría reír por fuera si por dentro le destrozara una culpa...
El secreto de la alegría verdadera y el buen humor --para disfrutarlos y para comunicarlos--, solamente lo conoce el alma sin problemas turbadores...
Para saber cultivar el buen humor, hay que convencerse de que la amabilidad es la puerta que abre todos los corazones. Además, que el estar siempre alegres es no solamente una buena cualidad del alma, sino también un deber estricto. Porque, de lo contrario, no se cumple con la obligación primera de amar y de difundir amor, sino que sólo se esparce amargura en nuestro alrededor.
La persona malhumorada lleva el castigo en sí misma. Se agita, se deprime, deshace hasta su organismo, que no resiste el peso de sus preocupaciones constantes.
Por el contrario, la persona que se mantiene en buen humor resulta siempre simpática, disfruta de la alegría del vivir y la hace gozar a los demás.
Vemos entonces lo importante que es cultivar el buen humor.
Contra la antipatía irritante y ofensiva del malhumorado, se alza la simpatía, la cordialidad, la amistad arrolladora de quien sabe tomar la vida en serio y, la vez, en broma.
¡Humor! ¡Bendito buen humor! Es claridad en los ojos. Es sonrisa en los labios. Es serenidad en el semblante. Es calor en las manos, que transmite la corriente de paz de la que está lleno el corazón... .
Prov. 22, 11.24.
Autor: Pedro García, Misionero Claretiano
domingo, 15 de diciembre de 2013
¿Qué nos enseña la Navidad?
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miércoles, 11 de diciembre de 2013
El Espíritu Santo, nuestro guía en Adviento
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Durante el Adviento no podemos olvidar la presencia del Espíritu Santo que primero actúa profetizando la venida del Mesías, y después, en Jesucristo. Esto es para nosotros una muy especial indicación por parte de Dios Nuestro Señor de que las necesidades que posee el hombre sólo pueden realizarse desde una perspectiva: la del Espíritu Santo. Sin embargo, tampoco podemos olvidar que esto únicamente es posible para el alma que se convierte en dócil instrumento del Espíritu Santo, pues es Él quien nos permite ir llegando con paso firme a todas y cada una de las metas que Dios nos va poniendo a lo largo de la vida. No estamos solos, el Señor no nos abandona. La presencia de Jesucristo en nuestras vidas no es nada más una compañía, es también una guía, una luz. Y nunca olvidemos que esta iluminación quien la realiza es el Espíritu Santo. El profeta Isaías nos habla de un momento, en los tiempos mesiánicos (cuando venga el Mesías), en que todo será paz, y cómo el Espíritu de Dios colmará el mundo. Dice el Profeta: “Nadie hará daño, nadie hará mal en todo mi santo Monte, porque la Tierra estará llena de conocimiento de Yahveh, como cubren las aguas el mar”. En la Encarnación es el Espíritu Santo el que cubre con su sombra a la Santísima Virgen para que sea engendrado el Hijo de Dios. Y es también el Espíritu Santo el que, cada vez que queremos tener a Cristo en nuestra alma, se hace presente para construir en nosotros la presencia, la vida de Cristo. El Espíritu Santo es el Santificador, es el que realiza en el alma la función de dar vida en el Señor. Es Él quien nos aconseja, guía e ilumina, fortaleciéndonos para que el mensaje que la Navidad viene a traer a nuestras almas se pueda cumplir. En este Adviento, en este camino hacia la Navidad, hacia la presencia plena de Cristo en nuestra alma, no estamos guiados por una estrella, estamos guiados por el Espíritu de Dios Nuestro Señor. Esto tiene que ser para nosotros una grandísima certeza, tiene que darnos una gran paz y una gran serenidad. Sin embargo, exige de nosotros un entrenamiento que consiste en aprender a escuchar lo que el Espíritu Santo va diciendo a nuestra conciencia, el someter nuestro juicio a lo que Él nos va pidiendo y el ser capaces de amar el modo concreto con el cual va educando nuestro corazón. Únicamente los sencillos pueden reconocer la voz del Espíritu Santo en su interior, sólo ellos son capaces de dejarse guiar por Él. Si tuviéramos dentro de nosotros esta presencia constante del Espíritu Santo podríamos participar de la acción de gracias que Jesucristo hace al Padre: “Te doy gracias Padre del Cielo y de la Tierra, porque has revelado estas cosas, no a los sabios y entendidos, sino a los sencillos”. ¡Cuántas veces nuestra forma de ver las cosas y nuestros juicios son los que gobiernan nuestras vidas! ¡Cuántas veces pretendemos entender todas las cosas según la cuadrícula de nuestra sabiduría, y nos olvidamos que la sabiduría de Dios es la que tiene que regir nuestra vida! Cuando leemos las profecías de Isaías, donde aparece el lobo habitando con el cordero, la pantera con el cabrito, el novillo y el león pastando juntos, podría aparecer la pregunta: ¿Todo eso existe? ¿Es un sueño o es una realidad? Lo que el profeta nos está diciendo es que aun aquello que parece imposible al hombre, que en la lógica humana jamás podría llegar a darse, el Espíritu Santo lo puede realizar. En este Adviento, aprendamos a romper las lógicas humanas, a deshacer nuestras cuadrículas, nuestras formas de ver muchas situaciones, de vernos, incluso, a nosotros mismos. Dejemos a un lado tantas y tantas cosas que clasifican nuestra existencia de una manera determinada y que, en definitiva, la alejan de Dios. Permitamos al Espíritu Santo hablar en nuestra vida, guiarnos e inspirarnos. No es tan difícil, es cuestión de aprender a escuchar, de no hacer ruido en nuestra alma, de ponernos delante de Dios y no oír otra cosa más que a Él, para que nada interrumpa esa comunicación de amor entre Dios y cada uno de nosotros. Nuestro corazón debe estar dispuesto a escuchar a Dios, para que este tiempo de Adviento, en el que se produce la mayor alegría para el hombre, que es el encuentro con el Señor, no pase con las hojas del calendario, sino que sea un tiempo que permanezca en el corazón. Con una gran apertura interior, permitámosle al Espíritu Santo hablar, para así poder ir quitando todo aquello que nos impiden tener paz en el alma, junto a Cristo en Belén. El profeta Isaías nos dice: “Aquel día, la raíz de Jesé se levantará como bandera de los pueblos, la buscarán todas las naciones”. ¿Hay en mi alma avidez de Dios? ¿Hay en mi corazón sed de este Cristo, que es la raíz de Jesé? ¿Hay en mi interior el anhelo de encontrarme con Jesús? Si no lo hay, permitamos que el Espíritu Santo vaya cambiando nuestro corazón hasta que Él lo llene. Y pidámosle que en este período de Adviento, Él vaya transformando nuestra existencia de tal manera que nunca nos sintamos solos, para que se pueda cumplir en nosotros la profecía de que somos dichosos porque vemos la presencia de Cristo en nuestra vida, vemos su influjo en la sociedad: “Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis”.
Autor: P. Cipriano Sánchez LC
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La Verdadera Navidad
“El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo. José su marido, como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente. Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo: He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, Y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros. Y despertando José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer. Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre JESÚS.”( Mateo1:18-25)
Esta es la real celebración que todo cristiano de verdad aclama señores. El nacimiento del esperado de los tiempos, de Jesús nuestro Salvador.
Acá, la loca carrera de los regalos, el endeudarse y estar pagando todo un año por la satisfacción de un capricho, el esperar el regalo más grande y más caro, el ver caras tristes por no tener el dinero suficiente para comprar un presente o por no haber recibido el esperado, no tienen nada que hacer con el verdadero espíritu de esta celebración. En 1 Corintios 15:12-22, Pablo dice que si Jesús no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe, más hoy te declaro que si Jesús no hubiese nacido, esta humanidad, todo el género humano y la creación completa estaríamos irremediablemente perdidos.
Amigo y hermano abre los ojos: No te dejes arrastrar por el remolino del consumismo que te sugiere el mundo, la televisión y los medios. Ahí no está la felicidad. La invitación que hoy tenemos es la de redescubrir el verdadero sentido de la navidad y a celebrar en paz y alegría, en sobriedad y esperanza este nuevo cumpleaños de nuestro dulce salvador.
¡Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo!
martes, 10 de diciembre de 2013
Definición de la Misericordia de Dios
El pecado es la miseria mayor del hombre y la creación. Nuestra miseria es el pecado y por eso el hombre al ser pecador, es también considerado como miserable. Pero hay una distinción muy importante entre la miseria y el que es miserable, y es, que Dios aborrece al pecado pero ama al pecador, ama al hombre miserable y débil.
Este amor con cual Dios ama al hombre se define como Misericordia. La misericordia no es precisamente compasión o perdón, estos son más bien los efectos de la misericordia. En la lengua hebrea significa “rahamin” y se define como “un sentimiento que nace del seno maternal o de las entrañas del corazón de un padre”. Is 49
La misericordia de Dios es un atributo de Dios que solo existe para sus criaturas. Es decir para Dios poder ejercer misericordia debe existir miseria. Como explica San Francisco de Sales, “Aunque Dios no hubiese creado al hombre Él siempre fuese la caridad perfecta, pero en realidad no sería misericordioso, pues la misericordia se puede ejercitar solamente sobre la miseria... Nuestra miseria es el trono de la misericordia de Dios”. Dice el Santo Cura de Ars: “La misericordia de Dios es como un torrente desbordado que arrastra los corazones a su paso.” No lo merece nadie sin embargo es accesible a todos.
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