sábado, 7 de septiembre de 2013

¡Queremos ser hombres y mujeres de paz!



Que el grito de la paz se eleve alto para que llegue al corazón de todos y todos dejen las armas y se dejen guiar por el anhelo de paz.
¡Queremos ser hombres y mujeres de paz!


Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!

Hoy, queridos hermanos y hermanas, quisiera hacerme intérprete del grito que sube de todas partes de la tierra, de todo pueblo, del corazón de cada uno, de la única gran familia que es la humanidad, con angustia creciente: ¡es el grito de la paz! El grito que dice con fuerza: ¡queremos un mundo de paz, queremos ser hombres y mujeres de paz, queremos que en nuestra sociedad, destrozada por divisiones y por conflictos, estalle la paz; nunca más la guerra! ¡Nunca más la guerra!

La paz es un don demasiado precioso, que debe ser promovido y tutelado. Vivo con particular sufrimiento y preocupación las tantas situaciones de conflicto que hay en nuestra tierra, pero, en estos días, mi corazón está profundamente herido por lo que está sucediendo en Siria y angustiado por los dramáticos desarrollos que se presentan.

Dirijo un fuerte llamamiento por la paz, ¡un llamamiento que nace de lo íntimo de mí mismo! ¡Cuánto sufrimiento, cuánta devastación, cuánto dolor ha traído y trae el uso de las armas en aquel martirizado país, especialmente entre la población civil e inerme!

¡Pensemos en cuantos niños no podrán ver la luz del futuro! Con particular firmeza condeno el uso de las armas químicas: les digo que tengo aún fijas en la mente y en el corazón las imágenes terribles de los días pasados!

¡Hay un juicio de Dios y también un juicio de la historia sobre nuestras acciones al que no se puede escapar! Jamás el uso de la violencia lleva a la paz. ¡Guerra llama guerra, violencia llama violencia!

Con toda mi fuerza, pido a las partes en conflicto que escuchen la voz de su propia conciencia, que no se cierren en sus propios intereses, sino que miren al otro como un hermano y emprendan con coraje y con decisión la vía del encuentro y de la negociación, superando la ciega contraposición.

Con la misma fuerza exhorto también a la Comunidad Internacional a hacer todo esfuerzo para promover, sin ulterior demora, iniciativas claras por la paz en esa nación, basadas en el diálogo y en la negociación, por el bien de la entera población siria. Que no se ahorre ningún esfuerzo para garantizar asistencia humanitaria a quien está afectado por este terrible conflicto, en particular a los evacuados en el país y a los numerosos prófugos en los países vecinos. Que a los agentes humanitarios, empeñados en aliviar los sufrimientos de la población, se les asegure la posibilidad de prestar la ayuda necesaria.

¿Qué podemos hacer nosotros por la paz en el mundo? Como decía el Papa Juan: a todos nos corresponde la tarea de recomponer las relaciones de convivencia en la justicia y en el amor (Cfr. Carta encíclica, Pacem in terris [11 abril de 1963]: AAS 55 [1963], 301-302). ¡Que una cadena de empeño por la paz una a todos los hombres y a las mujeres de buena voluntad!

Es una invitación fuerte y urgente que dirijo a la entera Iglesia Católica, pero que extiendo a todos los cristianos de las demás Confesiones, a los hombres y mujeres de toda religión y también a aquellos hermanos y hermanas que no creen: la paz es un bien que supera toda barrera, porque es un bien de toda la humanidad.

Repito con voz alta: no es la cultura del enfrentamiento, la cultura del conflicto la que construye la convivencia en los pueblos y entre los pueblos, sino la cultura del encuentro, la cultura del diálogo: éste es el único camino hacia la paz.

Que el grito de la paz se eleve alto para que llegue al corazón de todos y todos dejen las armas y se dejen guiar por el anhelo de paz.

Por esto, hermanos y hermanas, he decidido convocar para toda la Iglesia el próximo 7 de septiembre, víspera de la fiesta de la Natividad de María, Reina de la Paz, una jornada de ayuno y de oración por la paz en Siria, en Oriente Medio, y en el mundo entero, y también invito a unirse a esta iniciativa, según el modo que considerarán más oportuno, a los hermanos cristianos no católicos, a los pertenecientes a las demás religiones y a los hombres de buena voluntad.

El 7 de septiembre, en la Plaza de San Pedro, aquí, desde las 19:00 y hasta las 24:00, nos reuniremos en oración y en espíritu de penitencia para invocar de Dios este gran don para la amada nación siria y para todas las situaciones de conflicto y de violencia en el mundo.

¡La humanidad tiene necesidad de ver gestos de paz y de escuchar palabras de esperanza y de paz!

Pido a todas las Iglesias particulares que, además de vivir este día de ayuno, organicen algún acto litúrgico según esta intención.

A María le pedimos que nos ayude a responder a la violencia, al conflicto y a la guerra, con la fuerza del diálogo, de la reconciliación y del amor. Ella es Madre: que Ella nos ayude a encontrar la paz. Todos nosotros somos sus hijos. Ayúdanos, María, a superar también este momento difícil y a empeñarnos a construir cada día y en todo ambiente una auténtica cultura del encuentro y de la paz.

María, Reina de la paz, ¡ruega por nosotros! Todos: María, Reina de la paz, ¡ruega por nosotros!
 

Autor: SS Francisco | Fuente: Catholic.net

jueves, 5 de septiembre de 2013

3 Razones para Mantener los Labios Cerrados - Padre Alberto Linero


SOLO DIOS BASTA ♡ Nana Angarita


Padre Alberto Linero Gomez: Orando y Viviendo


Predica del P Alberto Lineros bendiciones para todos


Abraza La Cruz - Nana Angarita





 

Muchas, muchas beses en nuestra ilusión de seguir a Jesús, le decimos que queremos compartir su cruz, aliviar su dolor. ¡qué ironía! ¿verdad? Si ni siquiera podemos con nuestra cruz, con tanta frecuencia queremos despojarnos de ella, queremos dejarla, no la queremos llevar, nos fastidiamos, decimos,  ya no puedo más, esto es mucho para mí,  porque a mí, solo yo y los otros no hacen nada, tengo muchos problemas, estoy enfermo, estoy cansado, mucho trabajo, tengo que hacer  mis tareas, tengo que estudiar un montón, no soporto más lo dejo todo, etc. Etc.

¡Qué tal! ¿Si Jesús tuviera nuestra actitud? ¿Nos hemos puesto a pensar alguna vez? ¿Qué sería de nosotros si Jesús hubiera dejado su cruz?  ¡Esa cruz! que es la del mundo entero, la tuya, la mía y de todos nosotros. Sin embargo, ÉL la lleva con infinito amor, sin quejarse jamás, mucho menos pensar dejarla a medio camino, a pesar de nuestra ingratitud, indiferencia, desamor ¿creen ustedes, que es justa nuestra actitud? Y ¿querer dejar nuestra cruz, a como dé lugar? Meditemos en esto muy seriamente hermano(a)s, que no es cosa de juego, decidamos con propiedad, con sinceridad y llevemos nuestra cruz con amor, alegría, decisión, fidelidad, perseverancia, honestidad, humildad, solidaridad etc. etc.

Después de meditar, en todo lo que hizo JESÚS, en todo lo que sufrió y sigue sufriendo, sin tener porque, más que el único propósito de cargar con todos nuestros errores, nuestras culpas, para poder salvarnos de la muerte. Todo esto lo hizo y lo sigue haciendo meramente por amor, solo por amor, sin nosotros merecerlo.

 Consientes de todo esto hermano(a)s mío(a)s abrasemos nuestra cruz, que es como abrazar al mismo JESÚS y fundidos en ese abrazo de amor, tomemos fuerza y levantémonos, con nuestra cruz y llevémosla con amor, alegría, paciencia, esperanza, fe, servicio,  caridad, sin quejarnos, sin dudar, sin miedo, sin querer deshacernos de ella; sino aferrémonos más a ella; porque solo así estaremos unidos en un solo corazón con CRISTO JESÚS, porque no ay JESÚS SIN CRUZ, ni, CRUZ SIN JESÚS.

 Que el amor, paz y alegría del Señor los acompañe siempre, DIOS UNO Y TRINO los bendiga.

María Elena.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Acoger el Amor de Dios

Acoger el Amor de Dios

¿El cristianismo nace desde nosotros o desde Dios? En otras palabras, ¿empezamos a creer gracias a un camino personal o porque acogemos un don que viene de Dios?

Entender que Cristo es Dios, que tenemos un Padre en los cielos que nos ama, que el Espíritu Santo habita en nuestros corazones, sólo es posible desde una actitud de acogida.

Es cierto que nadie nos puede obligar a creer o amar. Como también es cierto que el camino más fácil, más directo, más decisivo para aceptar el Evangelio consiste en acoger el Amor de Dios al darnos cuenta de la gran verdad: Él me amó primero.

De modo más radical, sorprende descubrir que el amor llegó a nosotros precisamente cuando estábamos lejos, cuando el pecado nos había herido, cuando no lo merecíamos. Yo curaré sus extravíos, los amaré sin que lo merezcan... dice el Señor por medio del profeta Oseas (cf. Os 14,5).

San Pablo lo recordará con palabras bañadas en el fuego del Espíritu: En efecto, cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos -en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir-; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros (Rm 5,6-8).

A partir de esa certeza, convertida en experiencia, arranca mi condición cristiana, en la que se unen el amor a Dios y el amor al prójimo: Nosotros amemos, porque Él nos amó primero (1Jn 4,19).

Sí, soy cristiano desde su Amor y para amar. Soy cristiano porque me abro, cada mañana, cada minuto, a la certeza de su cercanía y su misericordia. Soy cristiano cuando empiezo a acoger, con gozo y esperanza, a Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María.


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  • P. Fernando Pascual LC