viernes, 4 de abril de 2014

Si la sal se vuelve sosa

Si la sal se vuelve sosa...



Cristo vino para ofrecer la salvación, para anunciar el Reino, para perdonar los pecados. Reunió a un grupo de discípulos. Constituyó a algunos de ellos como Apóstoles. Les envió a predicar.

Tras su Muerte y Resurrección, la venida del Espíritu Santo llevó a su punto culminante el nacimiento de la Iglesia. Desde entonces la sal está presente y actúa en un mundo necesitado de salvación y de esperanza.

Pero si la sal se vuelve sosa (cf. Mt 5,13)... El peligro existe. Ya en los primeros siglos hubo cristianos que quedaron atrapados por la mentalidad de este mundo y se apartaron del Evangelio. Buscaron sus propios maestros, dejaron que la presunción o las ideologías dominaran sus corazones, y surgieron herejías que dañaron a miles de corazones.

La historia de la Iglesia católica está marcada por el gesto de tantos bautizados que un día dejaron de mirar al Maestro, se apartaron del Papa y de los obispos que enseñan la verdadera doctrina católica, y buscaron sus propios intereses, no los de Cristo (cf. Flp 2,12; 1Co 1,17).

También hoy no resulta difícil encontrar a quienes dejan a un lado el Credo y los concilios, desde el primero (Éfeso) hasta el último (Vaticano II), y que elaboran sus propios “catecismos personales”. O quienes interpretan la Biblia según teorías incompatibles no sólo con la fe, sino con la sana filosofía. O aquellos que pactan con una modernidad enfermiza y acogen ideas propias de los hijos de las tinieblas.

La lista de errores ha sido y es desoladora. Unos, por falta de preparación. Otros, por deseos de aparecer y de ser aplaudidos por los hombres. Otros, simplemente, para sumarse a proyectos mundanizantes que nada tienen que ver con la fe católica, porque piensan de un modo semejante al de los modernistas condenados por san Pío X. Otros, porque suponen que serán acogidos si aceptan lo que ya tantos otros han aprobado: abortos, eutanasias, matrimonios que no lo son, y una larga lista de desórdenes morales y de atentados contra la justicia.

Mientras, millones de hombres y mujeres esperan la llegada de la sal verdadera, la que conserva, la que limpia heridas, la que perdona pecados, la que introduce en el dinamismo pascual de muerte y resurrección con Cristo.

¿Encontrarán en nosotros corazones creyentes y preparados, lámparas encendidas de quienes desean brillar con la luz de Cristo? La pregunta estremece, mas no debemos temer: la Iglesia ha pasado por oscuridades desoladoras en tantos momentos de su historia, pero la fidelidad de corazones abiertos a la gracia y fieles a la fe, ha permitido que la nave de la Iglesia superase tormentas y transmitiera a cada generación un mensaje que viene de Dios y que transforma el mundo con la fuerza humilde y firme de un poco de sal.
Autor: P. Fernando Pascual LC


 

miércoles, 2 de abril de 2014

Dejarse ayudar ...por Dios.

Dejarse ayudar ...por Dios.
Se habla mucho de autosuperación, un concepto que puede ser entendido de varias maneras. No se habla casi nunca de heterosuperación, quizá porque antes hay que encontrar una buena definición para una palabra tan inusual.

En estas líneas heterosuperación significa dejarse ayudar, abrirse a manos amigas y a consejos sabios, a la guía de quien sabe más y ve mejor. Se trata de descubrir un horizonte nuevo de rostros cercanos que animan y acompañan con respeto y con acierto.

Es normal que deseemos ser mejores. También es normal, por desgracia, que uno no se decida a emprender el camino: por pereza, por prisas, por respeto humano, por egoísmo, por dejarse arrastrar ante las mil exigencias de lo inmediato.

Avanzar hacia la superación personal no resulta nada fácil. Pero encuentra una ayuda y un estímulo especial cuando unos ojos y unos corazones nos miran con afecto, infunden confianza, y nos dicen: adelante, cuenta conmigo en tu lucha diaria.

Si la ayuda viene no sólo de familiares y amigos buenos, sino del mismo Dios, la heterosuperación se convierte en un camino maravilloso hacia la meta más importante: la santidad.

Porque la auténtica mejoría humana consiste precisamente en romper con el pecado, en dejar avaricias esclavizantes, en mirar hacia el horizonte del Evangelio y sentir una invitación hermosa y magnífica a la confianza: con Cristo a nuestro lado, todo lo podemos (cf. Jn 16,33; Flp 4,13).

Cuando dejamos que Dios, el mejor "Otro" que entra en la historia humana, comience a ayudarnos en la propia vida, todo adquiere un matiz diferente. Nace la esperanza, se curan las heridas más profundas desde la misericordia. El Pan de vida da fuerzas para el camino y permite crecer en la virtud central del cristianismo: la caridad.

Frente a un mundo autorreferencial y pelagiano, denunciado continuamente por el Papa Francisco, el auténtico creyente en Cristo busca dejarse ayudar, vive en una continua heterosuperación. Es decir, pone su confianza en el Maestro, y escucha en su corazón las mismas palabras que animaron a san Pablo: "Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza" (2Co 12,9).
 
Autor: P. Fernando Pascual LC

Disponibilidad desde el amor y para amar

Disponibilidad desde el amor y para amar

Sentimos una llamada interior y respetuosa: Dios nos pide un paso más en el camino del amor. ¿Cómo acoger Su voz? ¿En qué manera responderle?

El corazón necesita abrirse por entero a una experiencia: Dios me ama. Sólo desde la certeza del Amor divino surge la disponibilidad. Sólo desde la escucha del Verbo mi alma comienza a vivir abierta a lo que Dios pueda pedirme cada día.

Así estamos listos para la escucha, para el discernimiento. El Evangelio nos da las pistas esenciales. El Espíritu Santo hace comprensibles hechos del pasado y del presente que empiezan a tener significado. Un confesor, un amigo bueno, me acompaña en la tarea de comprender qué petición me llega desde el Corazón mismo de un Dios bueno.

Si hay experiencia del Amor, si hay una disponibilidad madura y generosa, si hemos realizado una correcta lectura de las señales divinas, estamos listos para las decisiones.

Es cierto: sigo siendo libre. Nunca me sentiré obligado a amar, porque el amor surge desde la libertad y nos lleva hacia la plenitud cuando escogemos bien. Pero esa libertad sólo llegará a ser madura y sana si se mantiene abierta y disponible, como los patriarcas, como los profetas, como la Virgen María, como los Apóstoles y los santos de todos los tiempos.

Sí, Señor, aquí me tienes, disponible. Acojo tu Amor en mi vida. Acepto todo aquello que me pides para avanzar hacia la verdadera caridad. Ayúdame con tu gracia, ilumina mi inteligencia, da fuerzas a mi corazón. Lánzame a la aventura del amor desde esas palabras que Tú mismo dijiste al hacerte Hombre para salvarme: ¡He aquí que vengo (...) a hacer, oh Dios, tu voluntad! (Hb 10,7).
 
Autor: P. Fernando Pascual LC

Bendito el hombre que confía en el Señor

Bendito el hombre que confía en el Señor


En el camino de la vida necesitamos apoyos. Apoyos en las fuerzas físicas y en la salud. Apoyos en los bienes materiales. Apoyos entre familiares y amigos. Apoyos...

Pero la Biblia es clara: "Maldito sea aquel que confía en hombre, y hace de la carne su apoyo, y de Yahveh se aparta en su corazón" (Jer 17,5). Porque el hombre en quien busco un apoyo es frágil, a veces es engañoso y cambiante.

Por eso resulta vano esperar la salvación de los hombres, confiar en los "príncipes" que son seres de polvo (cf. Sal 146,3-4), o mirar a los montes para esperar una ayuda que nunca llega (cf. Sal 121,1). El auxilio, lo sé, me viene del Señor, "que hizo el cielo y la tierra" (Sal 121,2). Sólo Dios es mi alcázar, mi roca, mi fuerza, mi refugio (cf. Sal 71,3).

La bendición y la paz llegan cuando empiezo a confiar plenamente en el Señor, como un niño que duerme en brazos de su madre (cf. Sal 131). Quien pone su esperanza en Dios no queda nunca defraudado (cf. Sal 22,6)

Necesito recordarlo: "¿Quién se confió al Señor y quedó confundido? ¿Quién perseveró en su temor y quedó abandonado? ¿Quién le invocó y fue desatendido?" (Si 2,10).

Por eso hoy te presento mi súplica, desde lo hondo de mi pequeñez, con la certeza de que vendrás en mi auxilio.

Sí: bendito el hombre que confía en Ti, Señor. Porque Tú eres bueno, porque Tú eres fiel, porque me llevas en la palma de tu mano como un tatuaje (cf. Is 49,16).

Hoy puedo descansar tranquilo. Aunque los hombres vuelvan a dejarme de lado, Tú estarás siempre conmigo. Esa es la fuente de mi continua alegría y de mi paz completa.
 
Autor: P. Fernando Pascual LC

Más allá de la tentación

Más allá de la tentación

Lo propio de la tentación consiste en “tentar”, atraer, sugestionar, absorber, arrastrar. Especialmente cuando la tentación consigue presentarse como algo “bueno”, como una solución para los problemas personales, o como la conquista de caminos fáciles para la felicidad.

Pero la tentación pierde casi toda su fuerza seductora cuando dentro del alma hay una certeza profunda: Dios se interesa por mí, Dios me busca, Dios me acompaña, Dios me salva, Dios me ama.

Entonces la vida empieza a ser vivida de otra manera. Ya no nos fijamos si algo es fácil o difícil, si estamos cansados o felices, si nos faltan muchas cosas o si vivimos holgadamente. Lo que importa, lo que lleva a una madurez profunda y serena, es poder anclar el corazón en la bondad divina.

La vida cristiana no es simplemente una lucha para evitar caídas, para huir de las tentaciones, para mantener un poquito la gracia que recibimos en el bautismo y en los demás sacramentos. No es una vida de trincheras, a la defensiva. Más bien, es una vida de conquista, de lanzamiento, de santo valor para emprender mil obras buenas, para ayudar a un familiar enfermo, para escuchar al abuelo que desea tener alguien a su lado, para sonreír a un niño que necesita cariño en casa y en la escuela.

Cuando nos ponemos en marcha, cuando dejamos que el amor guíe nuestros pasos, la tentación poco a poco se desinfla, como un globo voluminoso pero hueco e indefenso.

Tenemos que descubrir la fuerza de nuestra fe cristiana. El pecado no es nunca capaz de llenar el corazón hecho para lo eterno. Sólo el amor, y un amor pleno, auténtico, es capaz de dar sentido a nuestros pasos, de sacarnos de las tinieblas y de introducirnos en el mundo de la vida.

La tentación, incluso alguna breve caída, quedarán atrás. Sabremos pedir perdón desde las lágrimas, en una confesión bien hecha. Sabremos, sobre todo, descubrir que a quien mucho se le perdona mucho ama (cf. Lc 7,36-50).

Entonces, y sólo entonces, la vida cambia. Vale la pena descubrir la belleza de nuestra vocación cristiana, para empezar a ser, de verdad, hijos en el Hijo, ovejas rescatadas que se dejan llevar, mansamente, sobre los hombros del Pastor bueno...
 
Autor: P. Fernando Pascual LC

Alguien nos ama, a pesar de todo


 
Alguien nos ama, a pesar de todo


Es hermoso poder amar y ser amados. Hay personas que nos dan su afecto porque aprecian nuestras cualidades, nuestra alegría, nuestra eficacia. O quizá nos aman porque resultamos simpáticos, tenemos un corazón bueno, sabemos animar a quien está a nuestro lado.

Cuando descubrimos que otros nos quieren, intentamos conservar en ellos la buena imagen que tienen de nosotros. Queremos que piensen que somos honestos, generosos, que tenemos cualidades. Nos dolería mucho que descubriesen nuestros defectos, que saliesen a la luz debilidades, faltas, traiciones más o menos serias a la amistad. Nos da miedo perder a quien es amigo de verdad.

Pero no siempre es posible aparecer como hombres buenos. Tarde o temprano un enfado, un momento de pereza, una cobardía, una condescendencia a un placer ilícito salen a la luz. El amigo, el compañero, tal vez el familiar que tanto confiaba en nosotros, descubre ese lado oscuro que hasta ahora habíamos ocultado con tanto esfuerzo. Entonces tenemos miedo: ya no se nos ve como hombres buenos. Quizá perdamos pronto a un amigo.

El pasado no puede ser borrado. Una vez que la falta ha sido cometida queda allí, escrita, como historia imborrable. A veces corre de voz en voz. Otras veces (muchas, por desgracia) los hechos son aumentados, son agigantados, y la calumnia y la murmuración hacen el resto. Una tarde de paseo con un amigo o una amiga de la infancia se convierte poco a poco en una traición constante al esposo o a la esposa a quien siempre fuimos fieles. Cuando ella o él llega a saberlo, su mirada, triste, dolorida, nos clava una espina profunda, nos llena de dolor, quizá incluso de amargura y desconsuelo.

La historia de nuestras relaciones con Dios es distinta. Sabemos que nos conoce y que nos ama siempre, que nos ofrece su cariño a pesar de todo. No podemos ocultar ante Su corazón lo que hicimos: un pecado, un coqueteo con la tentación, una cobardía cuando estábamos llamados a vivir honestamente nuestros compromisos de familia y de trabajo. No hay caretas con las que podamos engañarle y hacerle creer que somos buenos.

Esta es la gran paradoja del cristianismo, su gran misterio. Si el amigo traicionado puede cerrarnos la puerta, puede dejarnos abandonados, puede no contestar el teléfono cuando descubre que llamamos, Dios nos quiere, a pesar de todo. Su amor es demasiado grande, quizá incluso nos puede parecer injusto. Conoce cada minuto que cedemos al egoísmo, cada escapada de nuestra imaginación enloquecida, cada rencor acumulado en lo más profundo de nuestro corazón. Eso no le asusta: deja las puertas abiertas para que regresemos, para que podamos volver a sus brazos, para que demos un paso hacia atrás y abandonemos ese pecado, ese gesto de soberbia, y nos arrodillemos, humildemente, sencillamente, para pedir, una vez más, perdón.

Quizá no comprenderemos nunca por qué Dios nos quiere tanto. Nosotros quisiéramos que terminase con los criminales, que llenase el infierno con quienes abusan de los niños, que lanzase un rayo para impedir que los ladrones roben a gente anciana o para que los "listos" no triunfen en los negocios a base de trampas y de fraudes. Su silencio nos deja sorprendidos. Tal vez comprenderemos que es el mismo silencio con el que nos mira a nosotros, a nosotros que condenamos fácilmente cuando muchas veces hemos hecho cosas malas, tal vez peores que las que acusamos en los demás.

Así es Dios, un misterioso enamorado del hombre. De cada hombre: de mí, con mi historia, mis defectos, mis pecados. De aquellos que me han hecho daño, que me han traicionado, que no eran tan amigos como me imaginaba. Cuando penetremos un poco ese misterio seremos capaces de ser buenos con los malos, como nos enseñó Jesucristo. Podremos rezar el Padrenuestro con esa frase que nos cuesta, pero que nos llena de esperanza: "Perdónanos... como también nosotros perdonamos...".

No somos perfectos. Los otros, los más íntimos, tampoco. Sólo cuando aceptemos nuestra realidad podremos acercarnos, como los publicanos y las prostitutas, a Cristo. Nos dirá que no nos condena. Nos pedirá que no pequemos más. Nos amará. No porque lo merezcamos, sino porque nos quiere de un modo misterioso y grande. Entonces sí podremos perdonar, y pedir también a quien fallamos su perdón, su afecto.

Ante los ojos de Dios, cada conversión hace el cielo será más hermoso y la vida más bella. Habrá fiesta entre los ángeles, bailes y cantos de alegría. Alguien que conoce nuestro barro no deja de querernos y de amarnos, a pesar de todo...
 
Autor: P. Fernando Pascual

miércoles, 19 de marzo de 2014

LA VACUNA CONTRA EL CÁNCER


Es increíble la cantidad de gente que pide oración por tumores malignos que sufren niños y adultos, hombres y mujeres. Es como si la enfermedad se extendiera cada vez más, como siguiendo un invisible hilo conductor que va anudando a toda la humanidad. Sin embargo, pocos piden oración por tumores del alma, tumores espirituales, que también se derraman sobre el mundo como una catarata de lodo que enturbia y oscurece, ahoga y mata.

Alguien me dijo una vez que es preferible tener un cáncer en el cuerpo, y no en el alma. Para mucha gente ésta frase sonará extraña, porque se conoce muy bien el cáncer de la carne, sin embargo es bastante desconocido el cáncer espiritual, en sus alcances y consecuencias. Nuestra pobre alma, a pesar de que nuestro cuerpo goce de vida plena, puede estar muerta, muerta a la Gracia. Por eso es que una conversión es siempre el milagro más grande, porque es simplemente una resurrección de nuestra alma, una vuelta a la vida de Gracia. Como nuestro cuerpo tiene vida, también nuestra alma la tiene, cuerpo y alma no pueden ser vistos por separado. Así se ve a muchas gentes que caminan y viven, pero sin embargo tienen el alma vacía, mortecina. Los cánceres espirituales han ido ahogando a esas almas, hasta quitarles toda vida, toda luz y mirada espiritual. Gente que vive una vida vacía, sin Dios, sin un pensamiento o movimiento hacia el deseo de amarlo, de reconocerlo, de agradarle, de conocer y hacer Su Voluntad.

El alma, igual que el cuerpo, debe ser alimentada con cuidado, y cuidada en forma diaria. Si al cuerpo se le da comida basura durante bastante tiempo, se enferma. Igual con el alma, sólo que la comida basura en este caso es lo que se ve en televisión, lo que se lee, lo que se aprende teniendo malas amistades. Si el cuerpo respira humo de cigarrillo, enferma en sus pulmones. Si el alma respira el humo de Satanás, pierde la capacidad de respirar el aire puro que trae el soplo del Espíritu Santo. Tumores que responden al propio descuido del hombre, a su falta de amor por su cuerpo, y su alma.

Cuando el cáncer ataca el cuerpo, y el alma está viva y saludable en la Gracia del Señor, se produce una unión con Dios en la seguridad del destino de gozo que esa alma tiene. La persona sufre miedos, dolores y tristezas humanas, pero una alegría espiritual envuelve su alma, en la visión anticipada del desposorio espiritual que se avecina. Cuando el cáncer ataca el alma, y el cuerpo está vivo y saludable, es poco lo que se nota a nivel humano. Sin embargo, esa persona está en peligro mortal, sujeta al riesgo supremo de que su cuerpo muera con su alma en ese estado, sin haber resucitado antes del tránsito ¡Difícil imaginar una situación más desesperante! Si, desesperante, porque esta alma no tiene esperanza, no se ha abierto a la Gracia que garantiza la promesa del Reino, más allá de las desventuras humanas que le toquen vivir.

Y finalmente, cuando el cáncer ataca cuerpo y alma a la vez, la persona se enoja con la vida, con Dios, con quienes la rodean. Por supuesto, si no hay esperanza, sólo queda la desesperación. Hay que dar ayuda a estas almas, para sanar el cáncer del cuerpo, pero fundamentalmente el del alma. Que en el dolor y la enfermedad la persona reconozca y recupere a Dios. Si el alma resucita, y la persona vuelve a sonreírle, a llorar, a pedirle, podrá pasar cualquier cosa al cuerpo, pero el alma estará salvada para toda la eternidad.

Hay muchas personas que sólo piensan en fiestas en las que todos beben, todos fuman, todos se adormecen con música que atonta. La publicidad nos vende un mundo de almas muertas. Veo la imagen de cuerpos vacíos, que se mueven y hablan, pero están vacíos espiritualmente. Estos cánceres espirituales son invisibles a los ojos humanos, como muchos tumores malignos del cuerpo también lo son. Hace falta buen diagnóstico para reconocerlos, a tiempo, y proceder a la terapia que intente una cura. Pero, irremediablemente, sin una cura efectiva ambos conducen a la muerte.

Mientras tanto, los cristianos tenemos la vacuna contra el cáncer espiritual guardada en nuestra casa, y no la damos a los enfermos ¡Tenemos la cura y no la compartimos con los demás! Para hacer las cosas más ridículas aún, ni siquiera usamos la vacuna en nosotros mismos. Nos estamos muriendo y la tenemos guardada allí, sin que nadie la utilice. Muchas veces tenemos ante nuestros ojos a nuestros propios hijos muriéndose de cáncer del alma, y ni siquiera movemos un dedo para darles la medicina. Somos tan necios, que pese a haber sido educados como médicos del alma, discípulos del Medico Salvador, no ejercemos la profesión de la que fuimos investidos en el Bautismo.

Está claro que es preferible un cáncer del cuerpo, que no mata el alma, y no un cáncer espiritual, que trae acarreada la muerte eterna. Un cáncer del cuerpo puede ser, en cambio, la puerta a la resurrección del alma. La medicina está a nuestro alcance: es la Palabra de Dios, Palabra de Amor que envuelve a todo el universo, que resucita y da vida, vida eterna.


JAVIER.